




Los posos de mis penas
Ocurrió en una noche de soledades encontradas, de nostalgias envueltas en nieve seca. Sobre el blanco de un refugio imaginado, la mesita de tapete dorado asistía, a deshora, a mi té.
En la superficie de la tacita, encontré un reflejo inusitado: una esfera nacarada bañándose feliz, despegando de su boca burbujillas que producían la melodía risueña de una estrella errante.
Me acerqué aún más a tan feliz acontecimiento, y al asomar mi hocico hasta el borde de la loza, la esfera dio un respingo, mientras confusa chocaba contra las paredes del recipiente.
Mi asombro fue en aumento cuando escuché su voz quebrada: por favor, no me bebas, aún he de alumbrar muchas noches, conocer muchas historias, saborear muchas confidencias, perdona mi torpeza, he debido caerme en tu pequeño firmamento.
Le prometí devolverla a su cielo; con cuidado la llevé hasta otra taza vacía y le pedí que cuando estuviera seca, me avisara. No debía dejar una luna atrapada.
Fui hasta la entrada y descolgué el espejo, lo acomodé en una butaca y minutos más tarde, la esfera nacarada brilló de un salto hasta el espejo.
Gracias!, ahora ya puedo continuar mi viaje exclamó.
Y del reflejo saltó al firmamento, en el cual la envolvía, como un manto, una de mis lágrimas.
Desde entonces, en mis noches desveladas, no he vuelto a sentirme solo, ya que saboreo el secreto que me descubrió su torpeza: que el cielo y las estrellas caben en una taza de te.