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sábado, 14 de mayo de 2011

Placenta de colores



Dedicado a Juanlu

Muchas felicidades!!!



El día que nació el cielo era gris. Las nubes tapiaban el sol, y los arcoíris soportaban resignados el blanco y el negro, como dos cargas a lomos de una mula. Su padre miraba el paisaje desde la ventana de un hospital del sur, donde la lluvia es infrecuente y el sol siempre ilumina las blancas fachadas.

Cuando lo cogió entre sus brazos, con sus primeras respiraciones, el niño comenzó a llenar el aire de colores dibujando una amplia sonrisa.

Hasta hoy, el artista regala dibujos amigos. Y aseguran los de su pueblo, que a su paso, va dejando una estela de colores, y en otoño las hojas de los árboles se posan en sus manos para que les dibuje la primavera.

Y es que ya cuando el chiquillo iba a nacer, su madre no rompió aguas sino acuarelas.

martes, 1 de marzo de 2011

Más allá del sendero

Me contaron que en la alameda había dos árboles enamorados. Antes de que construyeran la carretera que los separaba, sus raíces trataron de juntarse por debajo de la tierra en varias ocasiones, salvando innumerables piedras . Como no lo consiguieron, decidieron hacer crecer sus ramas sobre el asfalto para acariciarse. Serían años lo que tardarían pero tenían mucho amor que darse como para no intentarlo. Mientras, recurrieron a los pájaros para enviarse poemas, a cambio de unas ramas seguras donde anidar.

Un día un huracán les puso a prueba. Si vuestro amor es tan fuerte, no os tambalearéis ni un momento, les dijo.El huracán estaba equivocado porque los vientos irreflexivos saben poco de amor.

Durante largas horas sopló indomable, hasta que el tronco de uno de ellos se partió cayendo sobre la carretera. Miles de hojas volaron hasta el suelo donde yacía, rodeándolo en su último aliento. Abatido por la pena, el otro álamo dejó de luchar contra el viento, y, simplemente, se dejó caer.

Varios días después, un hombre encontró dos árboles abrazados en medio de una carretera abandonada, la que unía dos pueblos ya deshabitados. Avisó a un leñador para que hiciera astillas, pero este, decidió ofrecérselos al carpintero que andaba buscando dos ejemplares fuertes para construir una enorme mesa.

Terminada, fue colocada en un gran salón, y, dicen los que han compartido velada a su alrededor, que la mesa desprende un aroma como a bosque, e incluso, que han encontrado palabras de amor sobre los manteles de lino.


Para Anita por su cumpleaños que fue ayer. Muchas felicidades!

jueves, 24 de febrero de 2011

Felicidades Puck


Mamá se despertó sobresaltada; tenía desde hacía años una serie de presentimientos que acababan cumpliéndose. Bajó las escaleras y encendió la radio. Tras oír la noticia subió a despertarnos. Nos contó que había soñado con una tremenda lluvia de ranas. Además lo habían anunciado en el parte metereológico de las siete: daban lluvia de ranas para la noche.

Empezó a prepararlo todo con ilusión, las botas de agua, los paraguas, los chubasqueros, y hasta cogió una red que papá usaba para pescar.

Ya por la noche fuimos todos con linternas hasta un campo cercano a Burgos, donde vivíamos.

Yo encontré la rana más intrepida de todas, la primera que bajó de las nubes con un paracaídas verde, la cogí con mis manos, mientras ella me sonreía. Además, lo sorprendente es que llevaba un papelito entre sus patas que decía: Feliz cumpleaños Puck!!!.

Y es que las ranas, son muy listas.

martes, 8 de febrero de 2011

Rescáteme, se lo ruego*

* Este relato formaba parte de mi proyecto de libro, pero como hoy es el cumpleaños de un amigo al que le gusta leer laaaargo, se lo dejo aquí como regalito. Felicidades Kum*.

Había llegado a la estación de trenes de Paddington, donde haría el intercambio de recuerdos pactado con los gestores de tiempo, justo en el momento en que las campanas de la catedral daban las doce. Les había enviado una misiva, meses antes, con claras intenciones de cambiar de vida, y una vez expuestos mis motivos habían accedido a mi ruego. Así que me encontraba en el andén, atento a cualquier señal que evidenciara su llegada. Por lo que sabía, el preámbulo a su presencia iba acompañado por un breve remolino de aire seguido de una melodía, y algo de lluvia de colores; y esperando que parte de ese cuadro se pintara frente a mí, movía los ojos al acecho de cualquier indicio de ínfima tormenta.

Mi mundo se detuvo cuando vi a un grupo de hombres uniformados en cuyos pasos me pareció adivinar una escueta sinfonía. Contuve la respiración cuando se situaron frente a mí y me sonrieron de manera monocorde, con un rictus repetido de cara en cara. Estuve seguro de que eran ellos, porque de sus bombines caían minúsculas gotas de agua. Me alisé el traje ya en pie, dispuesto a decirles que estaba preparado, cuando de pronto uno de ellos me apartó sin cortesía para dirigirse a la señora que en el banco de al lado acariciaba a un pequinés. Sin duda, no era a mí, a quien buscaban, pues rompieron su presencia con miladies y agasajos hacia la dama. Volví a mi postura original, sintiendo que el corazón se me arrugaba y empecé a preguntarme si todo aquello no formaría parte de una estafa, o incluso si yo mismo, había inventado toda esa trama para escapar de mi rutina.

Miré una vez más el maletín, donde descansaban, dormidos y quietos, como glóbulos inertes, los recuerdos, como una sucesión incansable de acontecimientos, de los que ahora pretendía desasirme. El reloj de bolsillo, con su esfera llena de polvo, y un lento tic-tac, me pesaba como un lastre que me anclaba a aquel banco de madera. El tiempo transcurría despacio y caprichoso y decidí encenderme una pipa. Las volutas de humo me recordaron mis primeras incursiones en el mundo de la investigación, cuando yo aún era un joven que quería resolver los misterios y desvelar falsificadores de diamantes. Si el olor es capaz de trasportarnos más allá del escenario que ven nuestros ojos, ahora era el aroma del Latakia el que me llevaba, como a un niño de la mano, hasta las noches de insomnio en las que las suposiciones, y quebraderos de cabeza, eran mis invitados de honor. Fueron muchas recompensas a mi esfuerzo, se escribieron ríos de tinta sobre mis métodos deductivos, pero eso no llenaba el vacío que deja la fama a su paso, y ahora, Watson, me inclinaba más por una existencia tranquila, lejos de la gran urbe. Esta fue la única condición que puse a los gestores de tiempo: vivir en el campo.

Rellené el cazo de mi pipa de espuma de mar, por segunda vez, y tras pasar largos minutos en los que me sumí en divagaciones de la más diversa índole, observé cómo el humo se filtraba entre la lluvia que caía, formando una capa transparente que separaba mi pasado y mi futuro sin remedio. Vi el remolino y oí una melodía que era nada menos que el sonido de las gotas de lluvia resbalando por un arcoíris del tamaño de un dedal. Algo inolvidable.

Pero ocurrió, mi querido, que ese momento en el que la pequeña tempestad y la música me hicieron creer en la llegada de los hombrecillos del tiempo, que me acompañarían hasta el tren que debía tomar (y que sólo ellos sabían), ese instante, como digo, pasó de largo a través de mi, arrebatándome el maletín.

No es difícil imaginar que un gran desasosiego se adueñó de mi voluntad, mientras veía cómo un papel se colocaba entre mis manos, y gran parte de mis recuerdos se esfumaban lejos.

La nota, escrita con exquisita caligrafía y en cuyo envés se adivinaba el distintivo de la congregación a la que asignaba mis recuerdos, decía así:

Bienvenido a su nueva existencia señor.

Dado que usted impuso una condición, que estamos dispuestos a concederle, hemos convenido que, como contrapartida, sea usted el primero en una serie de experimentos acerca de un hecho que de cuando en cuando se está repitiendo: el arrepentimiento por parte de los tomadores de nuevas vidas.

Creemos en usted, tanto como en nuestros métodos, por lo que nos vemos en la obligación de advertirle que mantendrá muchos de sus recuerdos, su nombre, y habilidades.

Sin más, y deseándole una feliz estancia, le hacemos entrega, junto a su nueva vida, de una pequeña charca en el campo…

Cuando terminé de leerla, un aire con olor a musgo, me trasportó como un relámpago hasta la charca donde ahora habito, Watson. Esto es un horror, se quién soy, no he olvidado cómo se escribe ni como se lee, incluso hablo, pero este aspecto viscoso, y esta alimentación a base de mosquitos me está matando. Rescáteme, se lo ruego.