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jueves, 23 de mayo de 2013

Eterno retorno


Transitan descalzos por montañas azules, en cuyas laderas algunas estrías de espuma acaban doblegándose a ser nube. Ellos descansan de su viaje milenario en las orillas de estos lagos celestiales, y se abstraen mirando el reflejo de la tierra. Les inquieta esa imagen que navega, atropellada o prudente, según el viento. Pero siguen contemplando ese rudimentario y misterioso cuadro. Hay rebaños de peces, bancos de pájaros, árboles resumidos en sus copas, casillas grises que conforman azoteas y cabezas que caminan deprisa por senderos de asfalto. Un mundo plano. Una existencia menor. Cuando se aburren, juegan a posar uno de sus dedos en la superficie, formando nimbos en ese espejo de algodón, y se desencadenan mareas, oleajes, tempestades, hasta que la nube, molesta, decide llover. Entonces crecen bajo las copas, ramas, troncos, raíces. Bajo las cabezas, cuerpos, brazos, piernas. Y ellos ríen y festejan y enloquecen porque han dotado al cuadro de una tercera dimensión. Algunos, en un alegre pero torpe baile, tropiezan con un mendrugo de lluvia y caen dentro de la nube, ahogándose en la cloaca del tiempo, en un viaje telúrico. Se incorporarán a ese mundo, y en las melancólicas tardes de octubre, pasearán por los parques llenos de niños, se abstraerán mirando el reflejo del cielo en un estanque, y creerán oír, en el temblor de sus aguas, el rastro de sus nombres primigenios. Y reirán y festejarán y enloquecerán. Y en un traspié premeditado caerán dentro, ahogándose en la alcantarilla del tiempo, en un viaje seráfico.

domingo, 28 de abril de 2013

Leer entre arrugas

Un día, en el parque, vi un libro sentado en un banco leyendo a una mujer. Al libro se le veía muy nuevo, como recién salido de imprenta, pero la mujer tenía el cutis desgastado, la piel se le caía a trozos. Al libro eso parecía no importarle pues no le quitaba frase de encima. Estaba tan absorto en su lectura que incluso, y como por errata, le lanzó unos puntos suspensivos, momento en cual la mujer sacó un pañuelo para limpiar unas motas en sus gafas. Al cabo de un rato, la mujer comenzó a ponerse blanca y pensé que había llegado su final. Cuando traté de tumbarla en el banco, quitándole el libro de las manos, éste comenzó a leerme.

domingo, 7 de abril de 2013

Revelaciones editoriales



Ha pasado los últimos diez años invisible ante el mundo, preso en la novela que hoy, por fin, presentará. Entra en la sala donde cientos de personas esperan su discurso. Se acomoda en la butaca de terciopelo azul, compueba el micrófono, tose, se sirve un poco de agua.

Sin embargo, no hay ni un ejemplar de su libro sobre la mesa. El escritor se siente inseguro pues ha ensayado un discurso en el que abría el libro y leía la dedicatoria. Perplejo, mira a un lado y a otro. Ve a su editor sonriente y a la mujer enjuta que lo acompaña. Parece que no se han dado cuenta. Decide improvisar.

Coge el trozo del aire que queda entre el micrófono y el borde de la mesa, justo donde debía estar la novela. Lo levanta con cuidado. Parece mentira pero aquel trozo de aire pesa como el tiempo. Separa las manos y sostiene el volumen. Lee la dedicatoria y prosigue con la presentación. Finalizada su alocución, pasa el libro de aire a la mujer enjuta, y ella lo estrecha junto a su pecho mientras dice que “ el libro es un fiel reflejo del alma del escritor”. A él le parecen bellas palabras y sonríe.

El acto termina. Los focos se apagan llevándose la imagen del escritor. El público aplaude. Se oyen ruidos de butacas que se pliegan. Pasos acercándose hasta el estrado. El murmullo de unas sombras. Al otro lado de la mesa, el editor se frota las manos. Sueña ya con ir por todo el mundo y convocar a esa gran masa de lectores para los que nadie publica libros.

  

viernes, 8 de marzo de 2013

Mano por boca



El hombre que ha perdido la boca decide implantarse una. Le enseñan, en la clínica, un muestrario. Las hay poliméricas, de silicona, de materiales pioneros como la cerámica superplástica, todos, eso sí, dotados con mecanismos que se injertan en los nervios de la cara para otorgar, en cada movimiento, la máxima naturalidad. Su mantenimiento es sencillo. Las de aire requieren un inflador y llevan, de regalo, un set de parches por si la presión introducida es superior a la que el material podría resistir; las de silicona, unas jeringas con las que ir reponiendo posibles pérdidas, como las producidas cuando se agrietan los labios en invierno, o las acontecidas por mordeduras en el envés del carillo. Las lenguas son todas de cerdo, como los dientes, los cuales llevan a parte el coste del dentista. El hombre insiste en que quiere algo natural, un trasplante de boca humana, así lo deja escrito en la libreta que guarda en el bolsillo de su americana. Escribe que está seguro que algún finado donó su boca para la ciencia y que él es un hombre de ciencia. De lo contrario, no se hubiera presentado voluntario para el estudio de la universidad sobre regeneración bucal. El comercial, nuevo en su puesto, se agobia y empieza a buscar, entre los archivadores abandonados por el comercial anterior, algo que satisfaga las expectativas del cliente; sabe que es su primera venta, y si no logra pasar la prueba lo echarán a la calle. Encuentra, mientras piensa en las mañanas perdidas en las colas de la oficina de desempleo, un archivador, esta vez sí, con bocas naturales. El hombre mira las fotos y se imagina cómo quedará con cada una de ellas. Hay una, en concreto, que le llama la atención y ya no puede seguir imaginándose con otra. Escribe que quiere esa boca. El comercial le dice que esa boca es justo la más cara y que aún no la han recibido, que los pedidos de ese archivador se hacen  por encargo; lo dice mientras lo lee de la solapa interior de la carpeta. Les costará unos días, tal vez un par de semanas, traerla hasta la clínica. Sigue leyendo y le endosa un formulario de encargo, donde debe adjuntar su foto (por posibles incompatibilidades estéticas) y datos como su nombre, teléfono, dirección y el código de la boca que desea, que lo encontrará al pie de la foto (el comercial no puede evitar reírse ante esta última frase, pues imagina una foto con un pie, que desea otro pie, cuyo código se encuentra, a su vez, al pie de otra foto.) Contento por su trámite, se levanta de la silla y estrecha la mano del hombre que ha perdido la boca. El comercial se queda prendado de la mano que ase la suya con confianza y ya no puede imaginarse con otra. Tampoco cree que pueda esperar unos días, tal vez un par de semanas.

lunes, 18 de febrero de 2013

Bosque genealógico


Cuando el médico oyó aquella tos como de crujido que entonaba la garganta del abuelo cuando el viento se introducía por los angostos senderos de sus pulmones, nos convocó en la salita y, arrugando su pañuelo, confirmó que le quedaban pocos meses de vida. Desde su lecho de muerte nos hizo participes de su última voluntad: vernos a todos como una piña en la labor que anidaba sus deseos para hacer juntos nuestro árbol genealógico. 

Nunca fuimos una familia bien avenida y, pese al esfuerzo por contentar al abuelo, no conseguimos ponernos de acuerdo sobre en qué tipo de árbol descansarían los nombres de nuestros antepasados. Lo resolvimos con división, como hacíamos siempre tras las disputas.

Mi padre que era un tipo de porte bajo, achaparrado y muy generoso, no dudó en trepar  hasta las ramas de una higuera. Formaba con mi nerviosa madre una pareja algo cómica, pues ella era alta y esbelta, muy sensible a las corrientes de aire que arropaban sus dientes en una rítmica tiritona, por lo que, no sin cierto titubeo, determinó que ella sería un álamo temblón. Mi tía, la soltera, era una mujer exuberante, según recuerdo, pues sólo aparecía de vez en cuando por la casa, amante de las fiestas, en las cuales, como supe después, se dedicaba a ofrecer sus frutos prohibidos a todo Adán nocturno. Quiso, pues, ser un manzano. Su hermana melliza era una mujer que creció bajo el peso de la pena, de largos cabellos que le merodeaban los pies y eclipsaban su furtiva mirada, y delegó su estirpe a un sauce llorón. Mi hermana pequeña era un ser  despreocupado, y tal vez por eso tardó varias semanas en confinarse en un incipiente tilo.

Cuando estuvo todo listo llegamos a la alcoba del abuelo, con las ramas tan unidas que parecíamos un solo árbol. Él, desde su mirada de olmo viejo, sonrió al tiempo que, de sus manos, caía la primera hoja de su testamento. Luego llegó el otoño.

martes, 6 de noviembre de 2012

Pérdidas


En los días de niebla, el río cruje. A los indecisos, el río les parece una nube almidonada, e imaginan, algunos, que rebotarán en esa colchoneta como cuando niños; a otros se les antoja una pátina de humo y creen que nadie oirá el ruido de su cuerpo al caer, o acaso será como el breve chasquido de un mechero, un leve roce, un segundo y luego luz. Pero abajo el río es más oscuro. Allá donde la luz no alcanza a doblar las esquinas de la duda, donde navegan ojos silentes como peces de un acuario roto, el río se vuelve más denso.
En los días de niebla, el río cruje, porque en el tropiezo de la indecisión, son las sombras de los suicidas las que saltan. Se desatan de los tobillos de asfalto y caen al río como pétalos de flores secas. Se ve entonces una onda, una lágrima de plomo más para un río que siempre está de paso. Todas saben que no podrán regresar, y en sus anhelos, imaginan que sus dueños regresarán para pescarlas. Por eso, al caer la tarde, suben a la superficie y toman prestada la extraña forma de un pez.

viernes, 26 de octubre de 2012

El cofre de hueso


El Universo es infinito y cabe en un punto.— Aseguró el dependiente del bazar, mientras podaba las ramas de una minúscula planta.

Tan apenas necesita cuidados, él solo va creciendo, expandiéndose, generando sus estrellas, sus nebulosas, sus planetas... — Prosiguió mientras trasplantaba las ramitas a una maceta menor.

Además, le aseguro que le cabrá en ese cofre de hueso que porta usted encima de los hombros.— Le dijo mientras apretaba la tierra con sus dedos.

Para contemplarlo basta con cerrar los ojos, entonces, es como esas cajas de música que abarcan todo con su melodía, se le desplegará como un acordeón ante la ausencia de su mirada.—Dijo mientras barnizaba las pequeñas hojas con agua pulverizada.

Posee un sistema de leyes muy sencillas que usted no debe quebrantar nunca, o de lo contrario, el Universo saldrá hacia afuera y necesitará de un telescopio para ver alguno de sus reflejos más simples.— Dijo mientras pegaba una tarjeta de cuidados en la cerámica.

Pero si algún día se cansa de él, debe saber que no es posible abandonarlo; le seguirá a donde usted vaya, tal y como haría una mascota—, prosiguió mientras regaba la macetita y la dejaba en una balda.

No se asuste hombre, tambien tenemos porciones más básicas, como este bonsai.

martes, 19 de junio de 2012

Egisum Egolatrham

El ego, del latón Egisum Egolatrham, es un compuesto reticular que se adhiere al vórtice de la personalidad. De densidad variable según el portador, mantiene sin embargo estructura similar en todos los casos: orbitales moleculares difusos, oblicuos, parapetados, siempre en número par amarrados a una cuerda que se tensa y destensa según las circunstancias, confiriendo al conjunto un movimiento tipo yo-yo.

Se dice que posee la función de anclarnos al samsara para imperdir la levitación del eter comatoso y/o puntual, produciendo la identificación del Ser (ente ficticio o real) con el Yo. En la tradición budicodevótica, el ego desaparece mediante la meditación, la humildad y la impermanecia (prácticas a las cuales el ego tiene aversión y durante las cuales muere brevemente por asfixia e inanición).

Los efectos más comunes del ego son:

1.- Empequeñecimiento del universo en un punto que suele coincidir con el ombligo (ego embrionario).
2.- Ensanchamiento de las clavículas dando la sensación de que uno no cabe en sí mismo (ego explosium).
3.- Visión borrosa (ego ciego).
4.- Defecaciones escasas con o sin dolor ( ego que te cagas).


miércoles, 2 de mayo de 2012

Restauración

Se levanta vieja, arrugada y cansada. Agarra el bastón y a trompicones logra llegar al lavabo, donde, no sin cierto temblor, saca la caja de pinturas y los pinceles. Comienza a dibujarse. Se pinta unos bellos ojos, una boca carnosa, una piel sonrosada. Un cuerpo lleno de curvas recogido en un breve vestido vaporoso. Borra el bastón, las canas, las ojeras, el temblor de sus manos. Satisfecha, sonríe mientras sale al balcón y arroja la caja. Cierra la puerta con la esperanza de que, en el tiempo que le cuesta bajar las escaleras, el mundo también se haya embellecido.


Con este microrrelato participé en el concurso " En 99 palabras"  quedó en el puesto número 10 (compartido con otros dos microrrelatos). 

sábado, 7 de abril de 2012

El Pez-Ojo


Una se sentía fluir como las olas, cuando, desde el fondo del oceáno encontraba una de aquellas miradas.

* A falta de escribir el cuento para estos peces-ojos, os enseño el dibujillo que me ha salido.

viernes, 30 de marzo de 2012

Diario de un visionario

Tras el naufragio, decidí montar un gabinete jurídico a orillas del mar. Un proyecto novedoso que a buen seguro aumentaría mis arcas. Sin embargo, desde entonces, los únicos que pasaron por aquí fueron clientes de poca talla: cangrejos multados por ir en dirección contraria, caballitos de mar acosados por el vértigo amoroso de sirenas, y algunas ostras desdichadas a las que robaron sus perlas. En la brújula del destierro, es difícil hallar un rumbo certero con el que aumentar mis ingresos. Si no encuentro un cliente poderoso, mi negocio se irá a pique, hará aguas y se hundirá. Pero no pierdo la esperanza. El gran carámbano de hielo que hace días asomó en el horizonte, se acerca irremediablemente hacia esta cálida isla. Y sé que tras la colisión, dejaré de ser un vástago de la abogacía tras defender al planeta del cambio climático.


* Microrrelato finalista en el IV Concurso de Microrrelatos sobre Abogados del mes de febrero. Las palabras que debía contener eran Vértigo, Brújula, Vástago, Carámbano, Jurídico.

lunes, 26 de marzo de 2012

Tiempo entre líneas




Una de las formas de medir el tiempo es con letras. Junto a la jácena de madera carcomida, la abuela lee esperando el regreso de la vida. La que está contenida entre las frases de los viejos libros, la que lee planchando sus arrugas con historias, sintiendo que a cada vuelta de página está el tiempo condensado en el negro de las letras. Y es por eso que la abuela, sentada en su silla de mimbre, ha vivido ya varias vidas.


* Este microrrelato fue finalista en el concurso Dónde lees tú correspondiente a la fotografía publicada; se pueden leer los ganadores de cada semana y los finalistas siguiendo este enlace.

lunes, 19 de marzo de 2012

Ganadora IV Concurso de Microjustas Literarias


Estos son los microrrelatos que me llevaron hasta la victoria en el IV Concurso de Microjustas:

El deshoje de Sade

El pajarero de Alcatraz

Imaginería mortuoria

Rompiendo mitos

Cambió letras por tetas

Niñas rusas

Mercader de globos

A fuerza de gravedad

Eterno retorno

Eterno retorno

Hordas de ángeles caídos persiguen la leyenda de los jueces del inframundo. Buscan tres nuevos Carontes, que, por cincuenta palabras, te llevan hasta la orilla de la página en blanco. Allí, te abandonan a una eternidad de esperas, hasta que pierdes el juicio deseoso por volver a empezar.

A fuerza de gravedad

Desde que las bombas amputaron los campanarios, las cigüeñas se han tomado su propia venganza: al anochecer, arrojan los hatillos desde lo alto de los edificios. A los insomnes solo les consuela el silencio de los gatos. Los ya saciados incluso han aprendido a decir papá.

Mercader de globos

Aferrado al hilo del que penden mis sueños voladores, comienzo un ascenso pausado. Al poco, la plaza y el pueblo, siendo ya una sola imagen, acaban resumidos en un punto. Luego el mundo se reúne en una arruga y, a un tiempo, se desinfla ante mis ojos.

sábado, 17 de marzo de 2012

Niñas rusas

Mientras la muerte cuenta hasta diez, ellas corren a esconderse. Luego sigue el rastro de sus risas y les muestra la muñeca. No saben que al tocarla, su alma quedará apresada dentro del pequeño féretro. Rígidas en un souvenir, recuerdo de su patria helada.

Cambió letras por tetas


Lo encontraron con la nariz entre los muslos de una dama. Mudo y asfixiado de placer, Cyrano abandonó la poesía y se dedicó, libertino, a oler la vida que se esconde en cada uno de los pliegues de las francesas.