Páginas

lunes, 29 de febrero de 2016

Plano turístico*

Siguen llegando prisioneros a este mapa donde habito. Cada uno camina por el sendero de tinta que le han marcado. Hay ya tantas líneas que se entrecruzan los destinos y muchos peregrinos se agazapan en las aceras, desorientados. Se interrogan en idiomas extraños. Todos tan perdidos, tan quietos. Y yo, sin entenderlos, me dispongo a escapar. Me agacho, clavo las uñas en el asfalto de cartón y lo rasgo con furia. La astillas de papel comienzan a saltar. En media hora, he conseguido abrir un buen boquete. La gente ha hecho un corro alrededor de mí. A lo lejos, los de seguridad se acercan con enormes trozos de celo. No quieren, supongo, que la ciudad se les agriete y empiecen a desaparecer turistas. Ya veo luz al otro lado del papel. Debo darme prisa. Salto. Decenas de caras me miran desde arriba y me hacen fotos. En el envés del plano, otra ciudad.

jueves, 25 de febrero de 2016

El ruido, inexplicable, de las mímesis


Lo habrás oído muchas veces. El golpe de un puño en la pared. El crujido de un mueble. Pasos de alguien que no se aleja, que no se acerca. Zumbidos dentro de las bombillas. Agua circulando en las aortas del edificio. Un chasquido en la ventana. Lo habrás oído muchas veces, digo. Y habrás subido la persiana, como si fuera el párpado de un ahogado. Te habrás acercado a la pared, auscultando los ventrículos de tu vivienda, buscando ese soplo del salón, esa arritmia del pasillo. La respiración de los muebles. Bostezos barnizados. ¿Qué era?
Tienes miedo porque no hay nadie. Oyes la digestión de la vida. Cañerías viejas. Ladrillos rotos. Tienes miedo porque vives, también, al otro lado de los tabiques. Al otro lado de la realidad. Y te haces viejo. Y te rompes. Y empiezas a crujir.
Y alguien, un día, te colgará un cuadro.

Microrrelato escrito para los viernes creativos de Fernando Vicente




lunes, 13 de abril de 2015

Mujer pez

Bastó una llamada de teléfono para que mamá olvidara mi patito de goma, mi pelo enjabonado, el grifo abierto. De eso hace ya mucho tiempo. En la bañera jugué a muñecas, fui cumpliendo años, acudí a la escuela.
El día que mamá regresó, me sentí la mujer más desdichada del mundo. Con sus manos viscosas, me envolvió en una toalla seca. Llevaba algas en los ojos y hablaba de marineros.


sábado, 12 de abril de 2014

Playas de un mar olvidado

Llevo una semana de travesía, inmóvil. Cada mañana salgo de mi tienda y veo el mismo espectáculo: escorpiones que corren a esconderse y saltan como pulgas a zambullirse en la arena, varios arroyos de arena movidos por el viento, y frente a mí, una duna. 
Una duna bella, que se me antoja suave, ocre, mansa, pero a la vez una duna móvil y esquiva. La caricia del sol temprano deja sobre su lomo un rebufo de bestia perezosa, música del desierto. Como cada mañana trato de alcanzarla, de continuar así mi viaje. Pero me resulta imposible. Al poner mi pie a su lado, la duna se aplana, se escapa, y surge un poco más allá. Tampoco es posible rodearla, pues se desplaza al ritmo de mis pasos, justo con ellos. 
Cansada de este baile absurdo, apoyo las manos en la arena y la contemplo, tratando de desentrañar su enigma. Cojo un poco de arena y la dejo caer entre mis dedos, creyendo hacer tiempo, o tratando de perderlo. Es una arena rugosa, que tiene la textura de piel curtida, como escamas. Me tumbo, sin miedo ya a los alacranes, y siento la respiración de la tierra que se infla y se desinfla. Es entonces cuando sé que nunca llegaré a mi destino, cuando tengo la certeza de que el desierto es un enorme camello, con sus chepas. Un animal desolado, que a ratos muda su piel antigua, salpicando de sílice mi rostro. Enterrándome poco a poco en su paisaje, al igual que hace, cada mañana, con sus pulgas. Al igual que hizo, también, con el mar.

martes, 8 de octubre de 2013

La repartidora de sueños




El viento aquí, en mi ciudad, ha cambiado. Ya no nos despeina las certezas, ni nos levanta las faldas de las dudas, ni nos sacude las pecas vaciando nuestro rostro. Ahora es un viento calmo, silencioso, que tiene manos de aire y nos acaricia los sueños. Por eso parecemos gente más alta, más segura, porque ya no nos encogemos como armadillos en el caparazón de nuestros abrigos, ni tratamos de evitar esas esquinas donde las hojas del otoño bailan la frenética danza de las dudas. Desde que ella decidió escribir sueños para otros y hacer del viento su cómplice, nos acuna una brisa de rivera llana. Entre sus manos anidan las respuestas, diminutas como larvas, mientras les crecen alas de letras. Es cerca del río donde se pueden coger al vuelo, un rato antes de que salga el sol, mientras ella, aún soñándonos, se sopla entre los dedos. Hay quien dice que es cosa de brujas. Otros que es cosa del cambio climático.

viernes, 9 de agosto de 2013

Amores prohibidos

El edificio nos mira perezoso con su bostezo de ventanas entreabiertas. Nuestro teatro de gorriones disfrazados siempre le causó un llanto silencioso y aburrido. Y sin embargo, hoy nos regalará su aplauso de balcones y visillos, de ojos asomados al palco de una nueva vida. Hoy, traspasaremos nuestra jaula callejera y seremos todo lo que pudimos haber sido. Viento jugando entre tus faldas. Hojas secas cosidas al asfalto. Lunares mudos. Gestos escapando de nuestros cuerpos indecisos. Y luego, susurraremos nuestros deseos al paraguas de los viajes sin retorno y nos marcharemos lejos. Y, sobre su lomo rojo, veremos la ciudad en miniatura. Tal vez entonces, ese aplauso no se oiga, tal vez quede adormecido por nuestra lluvia de plumas grises. Las que caerán desde el cielo sepultando el escenario donde antes habitaban dos ángeles malditos.

jueves, 1 de agosto de 2013

Mundos invisibles

El excéntrico científico Thomas W. tras varias décadas dedicado a la recolección de pruebas a favor de la existencia de mundos invisibles, hizo copiar su obra en el dorso de hojas de sauce escocés, asegurando que las nervaduras de este vegetal serían las únicas capaces de soportar el peso de tamaño descubriento. Por temor a que el tiempo absorviera su trabajo y los hongos del olvido invadieran su descubriento, sus colegas de profesión dedicaron varios años a transcribirla al papel.  Así es como a día de hoy, el pequeño reino de Nip cuenta con un singular tratado sobre  “ Flora y fauna de regiones inhóspitas”. Dicho tratado contiene al término un mapa* obtenido mediante la  unión de las coordenadas de las líneas arboladas de las montañas más importantes del planeta.

Así, por ejemplo, en la línea arbolada ártica, justo donde los pinus mugo comienzan su raquítico decrecimiento, encontraron una zona árida donde pequeños y famélicos pájaros anidaban en lo que parecían a simple vista ramitas olvidadas. La región situada a orillas de sus abundantes lagos cuenta además con exiguas extensiones de cultivo de cereal y restos fósiles antediluvianos de diminutos útiles de labranza. Todo ello unido a un hecho que refuta la exitencia de mundos en miniatura y su evolución inversa, como son los múltiples microcadáveres incorrumpos de aldeanos encontrados en estratos del subsuelo de mayor a menor tamaño, hasta hacerse, en la capa más externa, ajenos a la percepción visual. Seres humanos que cedieron su crecimiento en pos de una vida tranquila, lejos de las turbulencias de las ciudades y encontraron, de este modo, su propia línea imaginaria y que construyen aún hoy, hogares de silencio dentro de los troncos de árboles invibles.


 *Dicho mapa se guarda en el museo “De Los Medios Intangibles” en la capital de Nip y se puede contemplar una vez cada doscientos años. Se cree que ese tiempo se corresponde a la esperanza de vida de los humanos invisibles. Su figura recuerda a una tela de araña y posee la propiedad de absorber futuros pobladores de esferas mínimas o mundos invisibles.


sábado, 13 de julio de 2013

Algas en el recuerdo


Con la marea baja sale de su garita y se echa a caminar. En silencio, sigue la línea de la orilla con la mirada puesta en sus pasos. Son torpes, y a ratos se tambalea como si sus zapatos fueran un par de barcas zarandeadas por el mar. En su gorra de capitán aún se ve la huella de un bordado, unos hilos descosidos de lo que debió ser un ancla de oro. La brisa los mueve y parece que lleve sobre la frente sargazos dorados. A la mar no la mira, la conoce demasiado bien, y el horizonte no le devolverá a sus ahogados. Cuando llega al otro extremo de la playa, se sienta en una roca y enciende su pipa. Se le caen briznas de tabaco por la borda de sus manos, y tan apenas acierta a envolver la cazoleta mientras prende el mechero. Así pasa las horas hasta que la marea comienza a subir. Con un movimiento brusco, se arranca de la roca y se recoloca la gorra dispuesto a regresar. Sólo entonces mira al horizonte y, con mar picada en los ojos, da una orden al contramestre para evitar el naufragio.

lunes, 24 de junio de 2013

Sus labores


A mi abuela no la recuerdo tricontando, ni haciendo ganchillo. La recuerdo paseando la azadilla y el rastrillo por el salón, entregada a sus cultivos domésticos. Su pequeña casita reunía vegetales que tapizaban el suelo y empapelaban las paredes con flores y pequeños esquejes. Me gustaba visitarla porque la cocina no olía a fritos, sino a jazmines y rosas. Cada estancia asumía sus tallos y raíces. Por ejemplo, el cuarto de baño, pequeño como un invernadero de balcón, tenía en el centro una taza llena de hojitas que te hacía dudar de la seguridad de tus posaderas. Tirar de la cadena me divertía, porque me sentía como Tarzán en la selva, agarrado a la liana que colgaba de la cisterna, rebotando una y otra vez en un espejo lleno de musgos. Siempre fue así la abuela, su casa. Mi madre dice que ella creció entre potos, dalias y algún que otro cactus cuando la abuela se enfadaba, pero que no ha heredado esa manía suya por la jardinería, ni esa fijación por podarse las uñas y untarse abono en los talones. El día del entierro aún le crecían geranios en las plantas de los pies.

Microrrelato enviado al Vendaval 2013


jueves, 23 de mayo de 2013

Eterno retorno


Transitan descalzos por montañas azules, en cuyas laderas algunas estrías de espuma acaban doblegándose a ser nube. Ellos descansan de su viaje milenario en las orillas de estos lagos celestiales, y se abstraen mirando el reflejo de la tierra. Les inquieta esa imagen que navega, atropellada o prudente, según el viento. Pero siguen contemplando ese rudimentario y misterioso cuadro. Hay rebaños de peces, bancos de pájaros, árboles resumidos en sus copas, casillas grises que conforman azoteas y cabezas que caminan deprisa por senderos de asfalto. Un mundo plano. Una existencia menor. Cuando se aburren, juegan a posar uno de sus dedos en la superficie, formando nimbos en ese espejo de algodón, y se desencadenan mareas, oleajes, tempestades, hasta que la nube, molesta, decide llover. Entonces crecen bajo las copas, ramas, troncos, raíces. Bajo las cabezas, cuerpos, brazos, piernas. Y ellos ríen y festejan y enloquecen porque han dotado al cuadro de una tercera dimensión. Algunos, en un alegre pero torpe baile, tropiezan con un mendrugo de lluvia y caen dentro de la nube, ahogándose en la cloaca del tiempo, en un viaje telúrico. Se incorporarán a ese mundo, y en las melancólicas tardes de octubre, pasearán por los parques llenos de niños, se abstraerán mirando el reflejo del cielo en un estanque, y creerán oír, en el temblor de sus aguas, el rastro de sus nombres primigenios. Y reirán y festejarán y enloquecerán. Y en un traspié premeditado caerán dentro, ahogándose en la alcantarilla del tiempo, en un viaje seráfico.

miércoles, 8 de mayo de 2013

"Cuentos de Amador" de Karlos Kum

«El payaso que quiso ser poeta »


— ¡Ah no, de eso nada! dijo mientras inflaba su nariz roja Poeta ni hablar, yo no quise ser nada. Ahorita cambie usted el título y déjelo en blanco nomás.

«El hombre que perdió sus sombreros»

No sea pendeja, le dije que lo dejara en blanco...o en negro.

—¿Lo ve? Ya empieza usted a cambiar de opinión. ¿Acaso no se acuerda del circo Injusto, o circo Las Siete Nadas? Ande, ande, descanse, lleva usted muchas vidas escribiendo... deje el karma en el perchero de la entrada, ahí muy bien, y acomódese.

Fuimos vecinos de blog. Al principio pensé que era una suerte de fantasma pues, bajo su bombín, un hueco con forma de cara emitía sonidos que se asemejaban a palabras. Gustaba de encender velas e inciensos, y, por las noches, recibía visitas a altas horas de la madrugada. Sus gatos y sus cuervos, encantados del aquelarre, comenzaban entonces a entonar canciones para insomnes. Convocamos varias reuniones de vecinas para tratar el asunto de los animales domésticos, pero en lugar de aparecer el misterioso vecino, venía una mano sin cuerpo que nos espantaba a todas. A los pocos días se presentó en la puerta de mi blog con un ramo de asteriscos, mientras decía: “me gusta usted mucho, mucho, con tanto talento suelto, no doy abasto”. Y se fue a picar la puerta de otra vecina; esta vez, sacó una ristra de miradas felinas envueltas en papel charol y le dijo lo mismo: “me gusta usted mucho, mucho, con tanto talento suelto estoy que no doy abasto”.  Y siguió escalera abajo y arriba de manera simultanea. Yo le seguía, envuelta en mi batín granate, regalo de mi antigua yo misma, hasta que me quedé dormida en el hueco del ascensor.
A la mañana siguiente tenía sobre la repisa de mi blog, una colección en miniatura de todas las mentiras nocturnas, y un “no me haga mucho caso que estoy borracho de vida”. Con el tiempo, tomamos un par de pésimos cafés y, como es alérgico a la cafeína, le dio por decir que éramos hermanos literarios. Luego vendría un intento de novela, dos secuestros fracasados, y tres asaltos a boli armado. Ni caso.

Una noche cerró el blog, tiró las llaves, y se fue de viaje. Aún no ha regresado pero se ha traido un libro en la solapa.

Un libro, jajajaja, no es un libro, Amarita, son quince.

Querrás decir quince cuentos, quince capítulos.

Querré decir quince vidas. Mi modo: quince y dejemoslo ahí, ahorita no voy a discutir con usted que ando de revoluciones. La perra gorda para usted, son quince cuentos en un libro...o viceversa. 



domingo, 28 de abril de 2013

Leer entre arrugas

Un día, en el parque, vi un libro sentado en un banco leyendo a una mujer. Al libro se le veía muy nuevo, como recién salido de imprenta, pero la mujer tenía el cutis desgastado, la piel se le caía a trozos. Al libro eso parecía no importarle pues no le quitaba frase de encima. Estaba tan absorto en su lectura que incluso, y como por errata, le lanzó unos puntos suspensivos, momento en cual la mujer sacó un pañuelo para limpiar unas motas en sus gafas. Al cabo de un rato, la mujer comenzó a ponerse blanca y pensé que había llegado su final. Cuando traté de tumbarla en el banco, quitándole el libro de las manos, éste comenzó a leerme.

domingo, 7 de abril de 2013

Revelaciones editoriales



Ha pasado los últimos diez años invisible ante el mundo, preso en la novela que hoy, por fin, presentará. Entra en la sala donde cientos de personas esperan su discurso. Se acomoda en la butaca de terciopelo azul, compueba el micrófono, tose, se sirve un poco de agua.

Sin embargo, no hay ni un ejemplar de su libro sobre la mesa. El escritor se siente inseguro pues ha ensayado un discurso en el que abría el libro y leía la dedicatoria. Perplejo, mira a un lado y a otro. Ve a su editor sonriente y a la mujer enjuta que lo acompaña. Parece que no se han dado cuenta. Decide improvisar.

Coge el trozo del aire que queda entre el micrófono y el borde de la mesa, justo donde debía estar la novela. Lo levanta con cuidado. Parece mentira pero aquel trozo de aire pesa como el tiempo. Separa las manos y sostiene el volumen. Lee la dedicatoria y prosigue con la presentación. Finalizada su alocución, pasa el libro de aire a la mujer enjuta, y ella lo estrecha junto a su pecho mientras dice que “ el libro es un fiel reflejo del alma del escritor”. A él le parecen bellas palabras y sonríe.

El acto termina. Los focos se apagan llevándose la imagen del escritor. El público aplaude. Se oyen ruidos de butacas que se pliegan. Pasos acercándose hasta el estrado. El murmullo de unas sombras. Al otro lado de la mesa, el editor se frota las manos. Sueña ya con ir por todo el mundo y convocar a esa gran masa de lectores para los que nadie publica libros.

  

viernes, 8 de marzo de 2013

Mano por boca



El hombre que ha perdido la boca decide implantarse una. Le enseñan, en la clínica, un muestrario. Las hay poliméricas, de silicona, de materiales pioneros como la cerámica superplástica, todos, eso sí, dotados con mecanismos que se injertan en los nervios de la cara para otorgar, en cada movimiento, la máxima naturalidad. Su mantenimiento es sencillo. Las de aire requieren un inflador y llevan, de regalo, un set de parches por si la presión introducida es superior a la que el material podría resistir; las de silicona, unas jeringas con las que ir reponiendo posibles pérdidas, como las producidas cuando se agrietan los labios en invierno, o las acontecidas por mordeduras en el envés del carillo. Las lenguas son todas de cerdo, como los dientes, los cuales llevan a parte el coste del dentista. El hombre insiste en que quiere algo natural, un trasplante de boca humana, así lo deja escrito en la libreta que guarda en el bolsillo de su americana. Escribe que está seguro que algún finado donó su boca para la ciencia y que él es un hombre de ciencia. De lo contrario, no se hubiera presentado voluntario para el estudio de la universidad sobre regeneración bucal. El comercial, nuevo en su puesto, se agobia y empieza a buscar, entre los archivadores abandonados por el comercial anterior, algo que satisfaga las expectativas del cliente; sabe que es su primera venta, y si no logra pasar la prueba lo echarán a la calle. Encuentra, mientras piensa en las mañanas perdidas en las colas de la oficina de desempleo, un archivador, esta vez sí, con bocas naturales. El hombre mira las fotos y se imagina cómo quedará con cada una de ellas. Hay una, en concreto, que le llama la atención y ya no puede seguir imaginándose con otra. Escribe que quiere esa boca. El comercial le dice que esa boca es justo la más cara y que aún no la han recibido, que los pedidos de ese archivador se hacen  por encargo; lo dice mientras lo lee de la solapa interior de la carpeta. Les costará unos días, tal vez un par de semanas, traerla hasta la clínica. Sigue leyendo y le endosa un formulario de encargo, donde debe adjuntar su foto (por posibles incompatibilidades estéticas) y datos como su nombre, teléfono, dirección y el código de la boca que desea, que lo encontrará al pie de la foto (el comercial no puede evitar reírse ante esta última frase, pues imagina una foto con un pie, que desea otro pie, cuyo código se encuentra, a su vez, al pie de otra foto.) Contento por su trámite, se levanta de la silla y estrecha la mano del hombre que ha perdido la boca. El comercial se queda prendado de la mano que ase la suya con confianza y ya no puede imaginarse con otra. Tampoco cree que pueda esperar unos días, tal vez un par de semanas.